Por Orson Mojica

Recientemente, un informe de Alena Douhan, relatora de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), causó un tremendo impacto político al declarar que el bloqueo y las sanciones económicas, impulsadas por Estados Unidos, han “exacerbado una crisis humanitaria contra el pueblo venezolano”, concluyendo que Estados Unidos y la Unión Europea deben levantar las sanciones.

La feroz ofensiva de Trump

La muerte de Hugo Chávez en 2013, y el inicio del gobierno de Nicolas Maduro, coincidieron con el descenso de los precios del petróleo que tuvo un efecto demoledor sobre la economía venezolana, altamente dependiente de los precios del petróleo.

La crisis económica transformó rápidamente al régimen político venezolano, de populismo de izquierda en una dictadura apoyada en el aparato militar. Trump desató una feroz ofensiva contra la reelección de Maduro en 2018, intensificando las sanciones contra la conducción chavista, reconociendo a Juan Guaidó como presidente provisional, creando condiciones para un golpe de Estado que no se produjo, sencillamente porque la columna vertebral del chavismo está formada por la alta oficialidad del Ejercito y demás cuerpos policiales, cuyos jefes detentan posiciones claves de poder.

La clave: el manejo de la riqueza petrolera

Venezuela es un país que depende de los vaivenes de los precios del petróleo. En ese sentido, la ofensiva de Trump estuvo destinada a quebrar PDVSA, al imposibilitar las transacciones de compra y venta de petróleo.

En 2002, Hugo Chávez logró derrotar el primer golpe de Estado y tomar el control total de PDVSA. Desde entonces, la cúpula militar mantiene a raya a los trabajadores, y administra las enormes riquezas petroleras de Venezuela. La ofensiva de Trump se estrelló contra esa realidad, y aunque el país se hundió en la miseria y la barbarie, los militares lograron mantenerse en el poder.

Pero los efectos sobre la economía han sido devastadores, al grado que Alena Douhan tuvo que reconocerlo públicamente. El drama social es impresionante, los salarios han descendido al mínimo, no hay empleo, más de cinco millones de personas han tenido que emigrar buscando trabajo y comida. Todo se ha desplomado en Venezuela, menos la dictadura de Maduro, aunque su crisis es irreversible.

La sorpresa de las privatizaciones

En su mejor momento, PDVSA llegó a producir cerca de 3,5 millones de barriles de crudo, pero actualmente, producto del bloqueo y el cerco económico tendido por Trump y que se mantiene vigente, la producción ha caído hasta 733.000 barriles y con tendencia a la baja.

Una vez que el chavismo logró recuperar la Asamblea Nacional, imponiéndose en medio de una altísima abstención, la dictadura de Maduro ha dado un viraje económico, ya no promueve la intervención del Estado sobre la economía en crisis, sino todo lo contrario: está alentando la privatización de la riqueza petrolera y minera. Maduro está marchando en sentido contrario a Hugo Chávez.

Muchas de las empresas nacionalizadas (plantas químicas, procesadores de café, silos de granos y hoteles) están siendo cedidas en administración a empresarios privados, a través de las llamadas “alianzas estratégicas”. Todavía no han sido vendidos estos bienes. Los administradores cubren la nómina y las inversiones, entregan productos y un porcentaje de las ganancias son entregadas al Gobierno.

A nivel del petróleo, el gobierno de Maduro ha mantenido conversaciones con la petrolera rusa ROSNEFT, la española REPSOL y la italiana ENI. Todavía no está claro si la petrolera rusa arriesgara una fuerte suma de capitales en un negocio dudoso. El esquema de privatización gradual es el mismo: reestructurar parte de PDVSA a cambio de activos, al mismo tiempo que autorizarían nuevas inversiones.

De igual manera, Maduro mantuvo negociaciones secretas con los tenedores de unos 60,000 millones de dólares en bonos, muchos de ellos estadounidenses, al ofrecer asociarlos con una compañía de perforación extranjera a la que se les otorgarían los derechos de los campos petroleros como un medio para recuperar su deuda.

Esta bajada de calzones del chavismo tiene el inconveniente de que, mientras estén vigentes las sanciones impuestas por Trump, es poco probable que las empresas norteamericanas puedan hacer nuevos negocios en Venezuela.

Sin hacer mucho escándalo, Maduro terminó con los controles de divisas e importaciones, lo que permite el crecimiento de una economía de mercado dolarizada y restringida, que permite a la “boli burguesía” chavista acumular capital y ganancias en medio de semejante debacle.

La ofensiva de Trump no logró derrocar a la dictadura de Maduro, pero la obligó a abandonar los postulados de capitalismo de Estado del llamado “socialismo del siglo XXI”, y volver al camino del capitalismo salvaje.

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