Por David Miller

Estados Unidos se construyó como potencia imperialista en el siglo 19, cuando el sistema capitalista todavía estaba en expansión. Hasta el momento, la fórmula mágica de la democracia norteamericana ha sido el llamado equilibrio de poderes, o sistema de “pesos y contrapesos”. El poder no está concentrado en una sola institución, la presidencia, sino repartido entre el Congreso y la Corte Suprema de Justicia. Este es el origen de las tradiciones democráticas de Estados Unidos.

Sin embargo, ese modelo resulta arcaico para las necesidades actuales del imperialismo norteamericano, en un mundo capitalista convulsionado por crisis periódicas, y por la existencia de nuevos imperialismos emergentes, como China y Rusia.

Varios intentos por imponer un régimen Bonapartista

En la historia reciente de Estados Unidos, han existido varios intentos de imponer la autoridad del gobierno federal, es decir, del Presidente, por encima de los restantes poderes y de los gobiernos estatales. A esta preponderancia de la presidencia, por encima de las limitaciones establecidas en la Constitución, le denominamos régimen “Bonapartista”.

Existen diferentes definiciones o características de los regímenes Bonapartistas, todo depende de la gravedad de la crisis económica y de las luchas sociales, pero en términos generales se refiere a un régimen autoritario, que rompe el tradicional funcionamiento de la democracia burguesa, en el que el presidente o “Bonaparte” se eleva por encima de las clases sociales e impone sus políticas, apoyándose esencialmente en el aparato burocrático militar del Estado.

En el siglo XX, en Estados Unidos, hubo tres grandes intentos de instaurar un régimen Bonapartista.

a.- El primero fue con Franklin D. Roosevelt (1932-1944), en el cargo de presidente en cuarto periodo continuos, en el contexto extraordinario de crisis antes y durante la segunda guerra mundial, firmó 3,700 órdenes ejecutivas durante sus 12 años en el cargo. No hay duda de que Roosevelt impuso en esa coyuntura, en los hechos, un régimen Bonapartista, fenómeno político que fue disimulado porque las reformas sociales que impulsó para vencer la gran depresión le permitieron gozar de amplio apoyo popular que le permitió mantener una mayoría en el Congreso. Esta fue una gran excepción a la regla. Un proyecto relativamente exitoso.

No obstante, apenas terminó la segunda guerra mundial, las aguas volvieron a su cauce original. El 27 de febrero de 1951 se ratificó la 22 Enmienda a la Constitución, que estableció el límite de dos periodos en el cargo de presidente.

El boom económico de la postguerra permitió una revitalización del régimen democrático burgués. Este fue el periodo de la lucha por los derechos civiles y de obtención de muchas de las actuales conquistas democráticas.

b.- El segundo fue con el presidente Richard Nixon (1969-1974), en el contexto de la guerra de Vietnam y de enormes movilizaciones en su contra, intentó imponer un régimen Bonapartista, lo que se dificultó, entre otros factores, porque no tenía mayoría dentro del Congreso. El resultado fue un impeachment o juicio político que le obligó a renunciar, a raíz del espionaje a la sede del Partido Demócrata, conocido como escándalo Watergate.

c.- El tercero fue con el presidente Ronald Reagan (1981-1989). La derrota militar de Estados Unidos en Vietnam, en 1975, provocó un nuevo intento de cambiar el régimen político. Primero surgió una política defensiva, de defensa de los derechos humanos, enarbolada por Jimmy Carter, pero ante el evidente fracaso de esa política, surgió otro fenómeno: Ronald Reagan (igual que Donald Trump) surgió como un “outsider”, una repuesta ante el ocaso del establishment. Ronald Reagan, que gozó de amplia popularidad, tuvo la principal misión de enfrentar el poderío militar de la URSS, acelerando su crisis económica con presiones militares como la “guerra de las galaxias”. Para cumplir sus objetivos, Reagan constituyó un gobierno secreto, paralelo, en las sombras, un verdadero Estado Mayor de la contrarrevolución mundial, compuesto por miembros del Consejo de Seguridad Nacional (NSC), institución creada por el presidente Harry Truman (1945-1953) en 1947.

Los roces entre el NSC y el Congreso de Estados Unidos han sido constantes. Cuando el Congreso de Estados Unidos lo había prohibido, desde el NSC, Reagan financió clandestinamente a los contras nicaragüenses, con armas vendidas secretamente a Irán, enemigo de los Estados Unidos, solo para citar el ejemplo más relevante.

Después vino la llamada “lucha contra terrorismo” que les permitió a otros presidentes acumular gradualmente mayores poderes, sea de facto o por delegación del Congreso. La sustitución del régimen democrático burgués clásico, por un nuevo régimen Bonapartista, es un proceso que se ha venido construyendo gradualmente, pero que, bajo la primera y segunda administración de Donald Trump, ahora parece dar un salto de calidad.

Las bases económicas y sociales del Trumpismo

La estabilidad del sistema bipartidista se ha terminado. La crisis económica y la decadencia de Estados Unidos, así como el surgimiento de nuevas potencias imperialistas como China y Rusia, han exacerbado las contradicciones entre demócratas y republicanos.

Aunque los republicamos fueron los principales impulsores de la ofensiva neoliberal, después del derrumbe de la URSS en 1991, los demócratas retomaron esas banderas y las llevaron al límite. El gran error de los demócratas fue que no se percataron que, dentro de la globalización, por el efecto de la Ley del Desarrollo Desigual y Combinado, Estados Unidos salió perdiendo ante China, lo que permitió el surgimiento de nuevos actores económicos, como India, Brasil, Sudáfrica, etc.

Donald Trump representó un sector de los millonarios que se dieron cuenta que la globalización había perjudicado la supremacía económica de Estados Unidos, lo que se manifestaba en la desindustrialización, en el elevado endeudamiento, etc. Los trabajadores norteamericanos y la clase media también se dieron cuenta que la globalización los había afectado, y por eso apoyaron el discurso populista imperialista de Trump que le permitió ganar las elecciones en 2016.

Primero fue el fenomeno del Tea Party, después Trump con la corriente MAGA logró conquistar la mayoría del partido Republicano. Es una ironía, pero los librecambistas de siempre que se oponían furiosamente a nuevos impuestos, los republicanos, ahora bajo la segunda administración de Donald Trump han adoptado una política de ruptura parcial con el libre comercio, proteccionista, que se manifiesta principalmente en la imposición de aranceles a las importaciones, que son impuestos que pagan los compradores norteamericanos. Esta es la base económica y social del proyecto Bonapartista de Trump.

Los avances del proyecto Bonapartista de Trump

Bajo la primera presidencia de Trump (2017-2021) se produjo un sistemático ataque a las instituciones que no controlaba. Trump avanzó un poco, una buena parte de los actuales jueces federales y magistrados vitalicios de la Corte Suprema de Estados Unidos, fueron nombrados directamente por Trump, al grado que existe actualmente una mayoría conservadora.

Pero ahora que ganó las elecciones del 2024, y por primera vez ganó en el voto popular (por la abstención de 7 millones de demócratas) tratará de avanzar mucho más en su objetivo. Veamos cuales han sido los avances de Trump al interior de Estados Unidos para establecer un régimen Bonapartista.

a.- Las ordenes ejecutivas. Estas son decretos del presidente que, normalmente se dictan para regular el funcionamiento de la administración, sin invadir las competencias de los otros poderes y de los gobiernos estatales. Los constantes decretos u ordenes ejecutivas revelan la esencia del proyecto Bonapartista. Dado que los republicanos tienen una precaria mayoría dentro del Congreso, Trump no se arriesga a someta sus actos al control del mismo.

Richard Nixon (1969-1974) firmó un total de 346 órdenes ejecutivas. Ronald Reagan (1981-1989) firmó un total de 381 órdenes ejecutivas. Bill Clinton (1993–2001) firmó un total de 364 órdenes ejecutivas. George W. Bush (2002-2009) firmó 291 órdenes ejecutivas. Barack Obama (2009–2017) firmó un total de 277 órdenes ejecutivas. En su primer mandato, Donald Trump (2017-2021) firmó un total de 220 órdenes ejecutivas. Joe Biden (2021-2025) firmó un total de 160 órdenes ejecutivas.

No obstante, en apenas pocos meses, durante este segundo mandato, Donald Trump (2025) ha firmado en menos de seis meses la cifra récord de más de 140 órdenes ejecutivas, lo que indica un afán desmedido de imponer la autoridad de la presidencia por encima del tradicional equilibrio de poderes, “de pesos y contra pesos” que son el fundamento de la democracia norteamericana. Muchas de estos decretos y ordenes ejecutivas son abiertamente inconstitucionales, como la eliminación de la ciudadanía por nacimiento, en sentido contrario a la 14 enmienda de la Constitución, que reconoce como ciudadanos norteamericanos a aquellos que han nacido dentro de su territorio.

b.- El forcejeo con el poder judicial. Desde que era candidato, Trump libro una dura batalla conta los jueces, en una seria de juicios de los que logró salvarse, precisamente porque había nombrado a una buena parte de los jueces federales.

Como una táctica para anular las resoluciones de los juece federales de distrito, Trump ha elevado los casos mas importantes hasta la Corte Suprema de Justicia, la que ha emitido resoluciones que le favorecen, dejando pendiente las más polémicas como la validez de la orden ejecutiva que anula la ciudadanía por nacimiento.

En los hechos, la neutralidad aparente de la Corte Suprema de Justicia ha favorecido el rápido avance de Trump para copar las instituciones federales, despidiendo a funcionarios incomodos, persiguiendo a aquellos que le atacaron, o para anular el derecho el aborto a nivel federal.

c.- La persecución contra los inmigrantes. Aparentemente este tema no tiene relación con el cambio de régimen político, pero si la tiene. La persecución contra 14 millones de migrantes irregulares, pretende evitar que estos se legalicen, conquisten derechos y se conviertan en ciudadanos norteamericanos, posible base electoral del partido demócrata.

Al reducir la población migrante, adquiere más peso relativo la población anglosajona con ideología supremacista blanca, base social del movimiento MAGA y del partido Republicano. Hasta el momento, ha logrado expulsar a 150.000 migrantes y mantiene prisioneros a una cantidad similar. El plan es expulsar un millón este año.

d.- La modificación de los distritos electorales. Las elecciones de periodo intermedio que se realizarán en noviembre del 2026, son cruciales para la consolidación del proyecto Bonapartista de Trump.

Sin una mayoría parlamentaria, por muy frágil que sea, Trump no puede avanzar. Las encuestas señalan que, a pesar de la crisis del partido Demócrata, hay un creciente descontento social, que se manifiesta en el crecimiento de las corrientes de izquierda.

Trump esta empeñado en reformar el sistema electoral estadounidense, que de por si es antidemocrático. Lo está haciendo por dos vías.

1.- En primer lugar, Trump acaba de firmar a inicios de agosto una orden ejecutiva que pretende eliminar el voto por correo y también las máquinas electrónicas de votación. Por tratarse de un Estado federal, no existe un órgano electoral centralizado, que organice y cuente los votos, sino que esa es una potestad de los gobiernos estatales. Trump no puede dar instrucciones a los gobiernos estatales sobre cómo organizar las elecciones.

El artículo 1, Sección 4 de la Constitución de Estados Unidos, establece que “Los tiempos, lugares y manera de celebrar las elecciones para senadores y representantes serán prescritos en cada estado por su legislatura; pero el Congreso podrá en cualquier momento por ley hacer o modificar tales disposiciones”. Trump no se somete al Congreso, sino que pasa por encima con una orden ejecutiva.

2.- En segundo lugar, la redefinición de los distritos electorales. A diferencia de lo que muchos creen, la democracia estadounidense tiene una larga trayectoria de limitaciones al derecho al voto, primero con los negros y mujeres, y después con la definición de los distritos electorales.

En términos generales, los distritos electorales no han sido definidos, tomando el tamaño de la población general en determinado territorio, sino por la composición racial de las barriadas, de manera que favorecen a uno u otro partido. La batalla por la redefinición de los distritos electorales ha comenzado en Texas, donde los republicanos tienen 25 de los 38 representantes en el Congreso estatal. Los representantes demócratas boicotearon las sesiones, ausentándose para no constituir quorum, pero al final fueron derrotados.

Trump celebró esa victoria: “Gracias al liderazgo fuerte y efectivo de Dustin en la Cámara de Representantes de Texas, el increíble pueblo de Texas tendrá la oportunidad de elegir a cinco republicanos más para el Congreso, gracias a la aprobación de su nuevo mapa mucho más justo: ¡UNA GRAN VICTORIA para los republicanos en Texas y en todo el país!”, escribió Trump en su plataforma Truth Social.

Cinco representantes pueden hacer la diferencia en la renovación del Congreso de Estados Unidos. Los Demócratas, por su parte, no superan el trauma de la derrota electoral, y actúan a la defensiva, realizando maniobras similares a los republicanos de Texas.

Gavin Newson, gobernador de California, esta impulsando una redefinición de los distritos electorales en ese Estado, aprovechando su mayoría en el congreso estatal, para garantizar más representantes demócratas en el Congreso de Estados Unidos. Una maniobra contra otra maniobra, pero la guerra por la redefinición de los distritos electorales puede trasladarse el resto de los congresos estatales, ya que los republicanos controlan 26 legislaturas estatales y los demócratas apenas 15, aunque tienen los Estados más poblados.

El problema es que los demócratas no llaman a la defensa de la Ley de Derechos Electorales de 1965, ni quieren trasladar la discusión al seno del Congreso, ni movilizar a las masas por la defensa de los derechos electorales.

e. La centralización de las fuerzas policiales y de la GN.

Copiando el estilo de Bukele, ahora Trump se ha vuelto el abanderado de la lucha contra la delincuencia, un tema muy sensible en Estados Unidos. Bajo su primer mandato, Trump intentó vanamente reprimir las protestas del movimiento Black Lives Matter (BLM), en 2020, haciendo uso del ejercito y de la Guardia Nacional (GN).

Previendo futuras convulsiones sociales, Trump ha empezado a usar la GN para reprimir las protestas de los migrantes en Los Ángeles, California, pasando por encima de la autoridad del gobernador Newson. Este es apenas un primer ensayo. El conflicto legal sigue atascado en los tribunales de justicia.

Ahora, Trump ha dado un paso decisivo al pasar a controlar la policía en el Washington, D.C. El distrito de Columbia, donde esta situada la Casa Blanca, no es un Estado, es decir, no tiene una autonomía plena. Trump ha manipulado la Ley de Autonomía del Distrito de Columbia para pasar a controlar directamente las fuerzas policías, pasando por encima de la alcaldesa Muriel Bowser. El pretexto, al igual que Bukele, es la lucha contra la delincuencia, a pesar de que la alcaldesa Browser demostró que los crímenes se habían reducido a  1.584 delitos violentos en 2025. Obviamente, Trump ha utilizado el pretexto del combate a la delincuencia en Washington para aplicar un proyecto piloto de crear una fuerza federal especial para actuar ante disturbios, por encima de los gobiernos estatales. Ya ha anunciado que estas fuerzas especiales intervendrán en Chicago y Nueva York, dos bastiones demócratas.

f.- La utilización de las declaraciones de Emergencia.  En apenas siete meses, Trump ha declarado nueve “emergencias nacionales”, utilizando poderes excepcionales contemplados en la Ley de Emergencias Nacionales, que precisamente fue aprobada por el Congreso después del escándalo de Watergate, como una medida “excepcional” en momentos de crisis, y siempre bajo control del Congreso.

Entras las causales, para invocar poderes extraordinarios, tenemos las siguientes: supuesta invasión de migrantes, emergencia comercial para imponer aranceles, control del precio de medicinas, emergencia energética, narcotráfico, lucha contra la Corte Penal Internacional por la investigación de crímenes de lesa humanidad por parte de Israel, la delincuencia en Washington, etc.

Al invocar constantemente la Ley de Emergencias Nacionales, Trump está gobernando parcialmente bajo medidas de excepción, que por el momento parecen no tocar juridicamente las principales libertades democráticas, aunque de hecho las ha afectado, pero que son una primera fase en su afán de edificar una presidencia mucho mas fuerte.

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¿Logrará imponerse?

En política es imposible predecir el futuro, sobre todo cuando existen enormes fuerzas económicas y sociales en pugna en Estados Unidos. Solamente hemos descrito el porque Trump ha logrado avanzar en su proyecto de instauración de un régimen Bonapartista, es decir, un presidencialismo fuerte que logre resolver la crisis y la decadencia de Estados Unidos.

Trump ha logrado avanzar, en parte por la parálisis y colaboración por omisión del partido Demócrata, que no logra articular un plan para resolver la crisis del imperialismo norteamericano.

Corresponderá a los trabajadores, a las minorías, a los trabajadores migrantes, iniciar las luchas contra el plan económico de Trump y contra las pretensiones de instaurar un régimen Bonapartista, que sería la negación de las tradiciones democráticas.

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